
Como muchos de ustedes ya sabrán, el alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg tenía previsto prohibir la venta de refrescos de gran tamaño en su ciudad (de medio litro y más), una mala costumbre que pretendía erradicar como parte de su plan contra la obesidad. Sin embargo, poco antes de que su iniciativa se pusiera en marcha, un juez
la consideró arbitraria y la paró en seco, generando la consiguiente polémica, que se sumó a la que ya se había creado por la decisión del alcalde.
Siempre que se toma una medida coercitiva de este tipo, salen a la luz numerosos grupos de interés (normalmente bastante extremistas) quejándose y clamando por sus derechos o apelando a las libertades individuales. Este caso no fue excepción y el debate generado fue (y sigue siendo) bastante intenso entre los que piensan que la prohibición es la única forma de limitar el sinsentido de vender ese tipo de refrescos y los que opinan que es mejor educar y enseñar a
decir no.
Mientras el tema sigue
en la nevera hasta que alguien decida dar otro paso en alguna dirección, se acaba de publicar un estudio en
PlosOne que aporta una interesante información para la reflexión; "
Regulating the Way to Obesity: Unintended Consequences of Limiting Sugary Drink Sizes". Sus autores querían saber si este tipo de medidas son eficaces, para lo que estudiaron el comportamiento de un grupo de cien personas ante diversos menús acompañados de refrescos. Lo hicieron agrupando diferentes combinaciones de ellos de forma que simularan una situación
normal (incluyendo refrescos normales , grandes y muy grandes, que es lo que se viene haciendo en Nueva York desde siempre) u otra simulando una situación con prohibición.