Hace unos días se publicó en la revista Eroski Consumer un artículo con 10 consejos para prevenir la obesidad infantil, cuya lectura completa recomiendo. Como ya saben los que me siguen habitualmente, no es la primera vez que no coincido totalmente con lo que se dice en los artículos sobre nutrición de esta revista, pero esta vez quería presentarles en este blog la discrepancia, porque me parece especialmente relevante.
Estas son las mencionadas diez directrices que se citan en el artículo para prevenir la obesidad entre la población infantil:
- Servir raciones adecuadas para la edad del niño.
- Tener en el hogar una variedad de hortalizas, frutas y cereales integrales
- Escoger leche y productos lácteos bajos en grasa o desnatados.
- Limitar el consumo de carnes rojas o de derivados cárnicos.
- Promover el consumo de legumbres y frutos secos.
- Retirar de la vista del niño las tentaciones ricas en calorías.
- Fomentar la actividad física,
- La bebida de elección para calmar la sed debe ser el agua.
- Limitar el consumo de azúcar, bollería y, sobre todo, bebidas azucaradas ("refrescos").
- Restringir a no más de 2 horas diarias de TV, videojuegos o Internet
No es esta lista la única fuente que sugiere el consumo de este tipo de lácteos, ni mucho menos. Como comenté en este artículo anterior, en varias de las pirámides alimentarias que representan las propuestas de diversos organismos oficiales también se incluye esta recomendación de priorizar los lácteos bajos en grasa sobre los enteros. El argumento es el esperable: la reducción de grasas saturadas puede prevenir la obesidad y la posibilidad de enfermedades cardiovasculares. No parece descabellado, ¿verdad?.
Pero, teniendo en cuenta lo que dicen las últimas revisiones sobre las grasas (le recomiendo leer a modo de ejemplo Dietary Fats and Health: Dietary Recommendations in the Context of Scientific Evidence o este post anterior), la cosa no parece tan evidente. Y, centrándonos en la temática que nos ocupa, si usted busca evidencias concretas de los beneficios de la leche desnatada sobre la entera entre la población infantil, le costará encontrarla. Si es que la encuentra, porque yo no he podido.
La comparación directa entre ambos tipos de leche solo la he visto en el estudio publicado hace unas semanas "Longitudinal evaluation of milk type consumed and weight status in preschoolers", en el que se analizó la evolución del peso de 10.000 preescolares que tomaban leche entera o leche desnatada. Aunque es un estudio observacional (en los que no es muy riguroso deducir causalidad), es del tipo longitudinal, es decir, que realiza seguimiento al mismo grupo de individuos durante un tiempo, por lo que permite ver su evolución en función de los cambios en diversos factores. Los investigadores concluyeron que la leche desnatada no se correlacionó con un menor sobrepeso, sino todo lo contrario. Y, además, el hecho de empezar a incluirla en la dieta no sirvió para reducir la incidencia de obesidad o revertirla.
Respecto al supuesto daño que pudieran causar los lácteos enteros, la revisión que me parece más completa sobre estudios observacionales que hayan analizado su relación con la salud y la obesidad se publicó hace tan solo unos meses en European Journal of Nutrition, "The relationship between high-fat dairy consumption and obesity, cardiovascular, and metabolic disease". Los investigadores no encontraron ni un solo indicio para acusar a los lácteos enteros de ser responsables del sobrepeso, enfermedades cardiovasculares, mala salud metabólica o diabetes. De nuevo las pruebas indicaban todo lo contrario, bastantes beneficios.
Tiene usted razón si está pensando que todos estos son estudios observacionales y que lo ideal sería disponer de estudios de intervención en los que, de forma aleatoria, se hubiera dividido a los sujetos en dos grupos y se les hubiera suministrado leche desnatada o entera, sin cambiar ningún otro factor. Sin embargo, no he podido encontrar un estudio de este tipo, supongo que porque experimentos de esta naturaleza con niños son éticamente discutibles. Lo más parecido que he conseguido es el estudio de 2012 "Skim milk, whey, and casein increase body weight and whey and casein increase the plasma C-peptide concentration in overweight adolescents", en el que un grupo de 200 adolescentes con sobrepeso se dividió en 4 subgrupos de forma aleatoria y a cada uno de ellos se dio a tomar un litro diario de diferentes líquidos: Agua, leche desnatada, y dos tipos de batidos de proteínas (whey y caseína), durante 12 semanas. ¿Y saben qué ocurrió con el grupo de leche desnatada? Que, al igual que los otros dos y comparado con el que tomó agua, sufrió un mayor aumento de peso.
A la espera de que lleguen esos ensayos ideales, hay más trabajos que aportan información relacionada y valiosa. Durante los últimos meses se han publicado dos meta-análisis sobre estudios de intervención, analizando si una mayor ingesta de lácteos puede fomentar el sobrepeso. Aunque no es exactamente lo que buscamos (y además se refieren sobre todo a adultos), tampoco es una información desdeñable, ya que si se concluyese que los lácteos enteros no provocan sobrepeso - como ha ocurrido con los observacionales anteriormente comentados- no tendría demasiado sentido recomendar los desnatados para precisamente evitar ese efecto.
El primero de ellos es de 2012, "Effects of dairy intake on body weight and fat: a meta-analysis of randomized controlled trials" y tras analizar los resultados de 29 estudios diferentes, llegó a esa conclusión : Que el tomar lácteos no se relacionaba con el sobrepeso. Y del segundo, publicado también en 2012, ya hable en esté post anterior, "Effect of dairy consumption on weight and body composition in adults: a systematic review and meta-analysis of randomized controlled clinical trials". En este caso también los investigadores dedujeron que los lácteos (sin diferenciar si eran enteros o desnatados) o no tenían relación con el sobrepeso, o si la tenían, esa relación era inversa, es decir, a más lácteos, menos obesidad.
Por lo tanto, viendo la evidencia científica existente, me parece que es poco riguroso priorizar la leche y lácteos desnatados entre los niños para evitar la obesidad o prevenir enfermedades. No hay pruebas de que esta estrategia aporte ninguna ventaja ni tampoco de que las versiones enteras puedan asociarse a algo negativo. De hecho, las evidencias parecen indicar lo contrario.
Y me van a permitir añadir otra importantísima razón, en mi opinión. Esta recomendación desvía el foco de atención del verdadero problema que está asociado a la ingesta de lácteos entre el colectivo infantil. Me refiero a lo que yo suelo llamar los "lácteos-chuches". Sí, esas cosas que se les da a menudo a los niños en el desayuno o merienda, pensando que por tener la palabra "lácteo" o "leche" en su etiqueta, es aceptable:- Leche con gran cantidad de polvos de chocolate u otros (cacao y similares) y azúcar.
- Leche con cereales infantiles (aquí puede leer más sobre ellos), cuya composición es fundamentalmente azúcar y cereales refinados (almidón), a la que además se le suele añadir todavía más azúcar.
- "Bebibles" (por llamarlos de alguna forma) o "pseudo-yogures" de sabores, cargados de azúcar y otros componentes innecesarios e indeseables.













