Desde casi su creación, los edulcorantes han dado mucho que hablar y han sido sido objeto de críticas y comentarios, algunos
debidamente justificados y otros mucho menos racionales, más cercanos al alarmismo y con frecuencia con intereses espurios detrás. Olvidando las posturas más extremas, tampoco es extraño que despierten interés entre consumidores y científicos, dado que tanto su diversidad como su consumo
crecen de forma sostenida, a la par que la obesidad. Y la responsabilidad del exceso de azúcar en el sobrepeso cada vez genera menos dudas, así que la posibilidad de sustituirla es comprensiblemente atractiva.
Como contaba
en post anteriores, los resultados de estudios epidemiológicos y de ensayos de intervención respecto a la relación de los edulcorantes con el peso corporal es bastante confusa, ya que mientras
algunos estudios muestran que pueden tener cierta utilidad a corto-medio plazo,
otros indican que no parecen que a largo plazo sean una herramienta significativamente útil. Además, hay todavía bastantes cosas que aclarar sobre sus posibles efectos fisiológicos y neuroendocrinológicos, más allá del mero ahorro energético que supone su ingesta respecto a las opciones
endulzantes más calóricas.
Centrándonos en el tema de las hormonas, ya que éstas juegan un papel muy relevante en la gestión de la energía y en la regulación del apetito, es lógico pensar que también conviene estudiar si la ingesta de edulcorantes puede dar lugar a una respuesta de la mismas diferente o alterada, provocando cierto tipo de "
desajuste" en el sistema y dando lugar a efectos poco deseables. Lo cierto es que hasta la fecha la investigación en este sentido era más bien escasa, pero durante los últimos meses se han publicado un par de revisiones que han analizado esta perspectiva, considerando tanto los resultados de estudios observacionales como los de los ensayos de intervención. Son las siguientes: